lunes, 17 de diciembre de 2012

La filosofía política

¡Hola compañeros!

Hoy vamos a hablar de un tema controvertido. Supongo que os sucederá que los problemas ontológicos, metafísicos o incluso éticos de la filosofía no os acaban de suscitar grandes pasiones. Es decir, pueden convencernos más o menos de la verdad de sus planteamientos pero no os cambia la forma de ver el mundo sustancialmente. Vosotros podéis ser realistas, por ejemplo, y el hecho de que yo sea más idealista os puede convencer más o menos pero no os hace formaros, así a priori, un juicio sobre mi persona. Esto quizás sí que ocurra en ámbitos más académicos y especializados, pero así a pie de calle, no nos dice demasiado de una persona el hecho de que sea emotivista o kantiana respecto a la moral. Nos quedamos un poco igual.

Ahora bien, la política todo lo cambia. Si eres de izquierdas y yo de derechas pronto nos haremos juicios valorativos el uno del otro. Es triste pero es así. ¿Por qué? ¿Por qué la política suscita tantas pasiones y debates? Es lo que trataremos hoy.

La filosofía política es la parte de la filosofía que estudia las relaciones entre los hombres y su forma de organizarse socialmente. En la línea habitual que seguimos de hacernos preguntas podemos plantearnos las siguientes para ir empezando: ¿cuál es el mejor modo de organizarse?, ¿debemos aspirar a ser todos iguales?, ¿es la igualdad incompatible con la libertad?, ¿qué significa "gobernar"?, ¿es preferible el gobierno de una sola persona, de unas pocas o de la mayoría?, ¿debe intervenir el Estado en las vidas privadas de los ciudadanos o se les debe permitir más espacio?, etc. ¡Como veis las preguntas no son cosa despreciable!

El hombre lleva milenios meditando sobre estos temas y se han llegado a algunas conclusiones; curiosamente la filosofía política es probablemente la rama de la filosofía que ha resultado más fecunda a lo largo de la historia. Tenemos muchísimas soluciones a estas preguntas (y, lo que es peor, se han intentado poner en práctica...) y dependen muchísimo de aquellos aspectos políticos que prioricemos sobre otros. Sin embargo, hay dos grandes tendencias dentro de la filosofía política que marcarán nuestro modo de analizar el mundo político:

a) La escuela normativa:

La escuela normativa es la tendencia a construir y elaborar maravillosas utopías. El hombre debe vivir bajo una estructura política concreta, racional y liberadora. Hasta este momento de la historia el hombre se ha visto esclavizado por diferentes personas-intereses-clases sociales, etc., pero los seguidores de esta escuela han previsto una serie de normas que debemos seguir para construir la sociedad perfecta. En esa sociedad perfecta todos seremos libres-iguales-buenos, etc. Es de notar la fuerte tendencia utopista de este tipo de pensamientos, pues ninguna de las estructuras políticas les satisface, vista su corrupción, así que hay que elaborar unas nuevas. Rechazan la política como es y buscan cómo debería ser.

Dentro de esta escuela englobamos diversos autores como Platón o Marx, que han elaborado utopías políticas y que además han llevado a cabo. En el caso de Platón la cosa no salió demasiado bien (cuentan las malas lenguas que terminó vendido como esclavo) y en el caso de Marx no parece que sean tampoco precisamente paraísos. ¿Llegará el día en el que el hombre pueda elaborar una utopía en la que vivir racional y justamente? Parece complicado, sobre todo porque las utopías (de u-topos: ningún lugar), por definición, no se pueden realizar. Este es un tema, no obstante, que crea muchísima polémica y no está cerrado ni mucho menos.

b) La escuela analítica:

La escuela analítica considera que los modelos políticos son los que hay y que cualquier cosa nueva que se nos ocurra no será más que una variación de lo ya existente. Renuncia a la creación de utopías y a la elaboración de una política normativa en favor de una política meramente descriptiva. Los analíticos reflexionan sobre la política tal y como es, no como debería ser. Para ellos seguir utopías resulta desgraciado y no hace más que acumular más males sobre la sociedad. Así pues, el hombre debería contentarse con intentar gobernarse del mejor modo posible, dentro lo razonable y dentro de lo que hay. No se busca lo bueno sino lo menos malo.

Aristóteles resulta un perfecto ejemplo de filósofo analítico. Mientras que Platón elaboró una utopía maravillosa, él analizó 148 constituciones griegas para buscar la mejor. La diferente visión de lo político resulta evidente. También fue analítico Maquiavelo, el cual no buscaba lo mejor para el pueblo, sino para el gobernante. En el capítulo XV de "El príncipe" nos suelta la siguiente perlita:


"Pero siendo mi intención escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente buscar la verdadera realidad de las cosas que la simple imaginación de las mismas. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta diferencia de cómo se vive a cómo se debe vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende más bien su ruina que su salvación: porque un hombre que quiera en todo hacer profesión de bueno fracasará necesariamente entre tantos que no lo son. De donde le es necesario al príncipe que quiera seguir siéndolo aprender a poder no ser bueno y utilizar o no este conocimiento según lo necesite."

Maquiavelo, con cara de no haber roto un plato en su vida

Os dejo con este fragmento impresionante.

¡Saludos filosóficos!

domingo, 9 de diciembre de 2012

Pienso, luego existo (Cogito, ergo sum)

¡Hola compañeros!

Hoy hablamos sobre una de las frases más famosas de la filosofía. No es una frase cualquiera, como habéis visto, sino la frase de las frases, la metafrase, la ultrafrase, etc. Es decir, una de esas frases que cambian la historia del pensamiento para siempre. Supongo que no necesito incidir sobre el tema porque ya sois suficientemente inteligentes como para entender que estamos hablando de algo importante ¿verdad? El problema es que aunque muchos conocen la existencia de esta frase, desconocen qué quiere decir exactamente. Es decir, ¿por qué demonios Descartes suelta esta perlita y se queda tan ancho? ¿Por qué debo creer que esta frase resulta tan relevante de cara a nuestra cultura? Es más, ¿por qué no solamente la conozco en español, sino también en latín?

¡No desesperéis! Acudo al rescate presto para proporcionaros auxilio ante estas dudas que os corroen (espero). Como siempre, no dudéis en comentar aquello en lo que no estéis de acuerdo o que necesite mayor clarificación. Así pues, sin más preámbulos vamos al meollo de la cuestión.

Descartes, como buen científico, está orgulloso de los logros de la ciencia. La matemática progresa, la física nos descubre nuevas leyes, la biología desentraña los grandes misterio del funcionamiento de los seres vivos, etc. En resumidas cuentas, la ciencia progresa, avanza. Y eso es porque está asentada sobre unos fundamentos indudables: las matemáticas. En efecto, las matemáticas son tan efectivas porque no ofrecen ninguna duda: 2+2=4. Esa suma es verdadera aquí, en China, hace mil años y dentro de un millón. No ofrece ninguna duda: es evidente. Como la ciencia se apoya en las matemáticas, también se beneficia de esta cualidad, de esta evidencia. De este modo, las ciencias progresan.

¿Y la filosofía? Ayyyy la filosofía... Es como un niño que nos ha salido rebelde y saca malas notas. "¿No podrás ser como tus hermanos?", le recriminamos a la filosofía con gesto agrio. "Fíjate en tu hermana la física, es más joven que tú y ya ha conseguido grandes cosas." Descartes le recrimina a la filosofía que no avance, que no consiga resolver los problemas que lleva tratando durante siglos. ¿Cómo resolver ese estancamiento? ¿Cómo sacar a la filosofía de ese páramo de preguntas incontestadas? Dicho de otra manera, ¿cómo conseguir que esa hija díscola de la cultura humana emprenda la senda de la victoria y el éxito, al igual que han hecho sus hermanas?

Descartes cree que lo que falla en la filosofía es el método que utiliza para dar respuesta a sus interrogantes. Al no seguir un método científico, la filosofía se nos presenta como una disciplina de la que no se puede sino dudar (¿quién dice la verdad?, ¿qué filosofía es la adecuada o verdadera?), lo cual imposibilita cualquier progreso. No nos interesa aquí entrar en los pormenores del método sino simplemente resaltar que lo primero que hará Descartes es descartar (no pun intended!) toda la filosofía hecha hasta el momento y empezar todo desde cero con su nuevo método.

Eso suena bonito pero ¿cómo procedemos? Vale, voy a eliminar todo lo que los demás han dicho sobre la realidad y voy a recomenzar la historia de la filosofía yo solito. ¿Por dónde empiezo? Bueno, no olvidemos que Descartes va buscando una filosofía de la que no se pueda dudar. Así pues, va a comenzar dudando sobre todo. Y cuando digo todo me refiero a TODO. Duda sobre si Dios existe, sobre si yo existo, sobre si existe el mundo, etc. Va a poner en duda toda la realidad para ver si encuentra algo de lo que no pueda dudar ni queriendo. Si consigue encontrar algo de lo que no pueda dudar, podrá decir que ha localizado un punto de partida desde el que edificar la nueva filosofía.

Pronto se percata de que hay una cosa de la que no puedo dudar: no puedo dudar de que dudo. Si dudo acerca de si estoy dudando no hago más que confirmar que estoy dudando. Así pues, si dudo no puedo evitar tener como cierto y evidente que estoy dudando. Al mismo tiempo, si dudo entonces estoy pensando, porque no puede tener lugar una duda si no hay un pensamiento que considere opciones. Y finalmente, si pienso debo existir, pues no puedo ser algo que piensa si no existo. Por tanto, la tan ansiada verdad indudable que encuentra Descartes y sobre la que basará toda su filosofía es esta: cogito, ergo sum (pienso, por tanto existo).

¿Habríais llegado vosotros a la misma conclusión si tuvierais que hacer una filosofía desde cero? ¿Seguiríais el modelo científico o tiraríais por otros derroteros?

¡Saludos filosóficos!

martes, 4 de diciembre de 2012

El filósofo del mes: Descartes

¡Hola compañeros!

Hoy tenemos a un ilustre visitante entre nosotros. Directamente desde Francia nos llega un caballero de la Turena llamado René Descartes (algunos viejunos y antiguos a los que les gusta traducir los nombres dirán Renato, pero nunca fui aficionado al asunto ese de cambiar el modo en que nuestros padres nos llaman). Algunos se preguntarán por qué pego ese salto desde Aristóteles hasta Descartes (casi 2000 años de salto, not bad!). Una pregunta justa y oportuna: simplemente quiero ir pasando de la modernidad a la antigüedad alternativamente. Seguir una línea de tiempo cronológica es demasiado mainstream, y no considero que la filosofía necesite de semejantes zarandajas.

Aquí tenemos al filósofo, luciendo unas melenas que ya querrían muchos para sí

El joven renatito fue llamado por su padre "el pequeño filósofo". Probablemente era uno de esos niños que preguntan "por qué" incesantemente. Es algo muy cargante para algunos adultos (otros nunca nos cansamos de responder y consideramos una pregunta de ese tipo como el mayor regalo que un alumno puede hacerle a un profesor, ¡qué le vamos a hacer!). Bueno, resulta que ya desde jovencito resultó ser un chico especial, de salud delicada pero grandes dotes intelectuales.

Se pasó varios años en un prestigioso centro jesuita (el colegio Henry IV) donde recibe una solidísima formación humanística en cultura clásica (¡qué tiempos aquellos en los que era una asignatura de prestigio!), latín, griego, filosofía (¡ídem!), matemáticas, etc. Supongo que los pedagogos actuales pondrían el grito en el cielo ante la evidente desatención a las competencias básicas y las inteligencias múltiples y emocionales de los niños, pero curiosamente también salían bien educados en aquel entonces (probablemente mejor que ahora, me atrevo a decir). En cualquier caso, él siempre rechazó ese tipo de educación, que consideró poco adecuada para el desarrollo de la razón.

Cuando terminó sus estudios decidió ver mundo. Hoy en día, los jóvenes insatisfechos dirigen sus miradas a ONG's variopintas en las que volcar unas frustraciones que les ayuden a sobrellevar vidas monótonas y aburridas. En aquel entonces se apuntaban al ejército, mataban a unos cuantos y se volvían con el corazón lleno de experiencias vivificantes. Descartes decide enrolarse también en el ejército, aunque en los escasos meses de invierno que permaneció acuartelado no llegó a ver ni medio combate. Más bien al contrario, se los pasó sentadito en un sillón en su tienda al lado de una estufita tan pichi.

En ese momento le sobrevinieron los famosos sueños reveladores. En ellos llega a la conclusión de que la vida que más le pega no es la del soldado, sino la del investigador, la del filósofo. Yo no habría necesitado esos sueños para darme cuenta de que no tengo madera de soldado, pero claro, tampoco soy Descartes. Producto de esos sueños escribió toda una serie de obras científicas y filosóficas (¡incluso de música!) que le hicieron inmensamente famoso en la época. La más influyente de sus obras "El Discurso del Método" todavía se lee profusamente hoy en día y continúa siendo una inspiración para todo científico e investigador que se precie. Además, como todos los franceses (hay que reconocerlo), era un escritor magnífico.

Pero con la fama también llegan los problemas. Pronto comenzó a ser investigado por los círculos eclesiásticos acerca de diferentes afirmaciones que se encuentran en sus obras. Es muy curioso que él mismo, como buen católico, nunca encontró discrepancias entre su obra y el catecismo cristiano. Sin embargo, no debían de andar muy desencaminados los inquisidores que condenaron sus obras, pues muchos de los seguidores racionalistas de Descartes abandonaron la ortodoxia cristiana impulsados por sus ideas filosóficas.

Escapando de esta situación Descartes acepta la invitación de la reina Cristina de Suecia de instalarse en Estocolmo dándole unas clasecitas. No obstante, el invierno sueco no es para tomárselo a risa, y su combinación con la delicada salud de Descartes produjo un efecto fatal en el francés: no debía de tener estufita o algo así porque falleció de neumonía a los pocos meses de llegar. O la reina era una alumna terrible y Descartes prefirió el suicidio con arsénico (algunas malas lenguas creen que fue asesinado). Conozco esa sensación de abandono cuando un alumno te pregunta algo que explicaste antes de ayer, ese sufrimiento, ese desamparo.

En cualquier caso, Descartes es uno de los pioneros de la filosofía moderna. Con él se iniciará una de las épocas más apasionantes de la cultura occidental y nuestra historia en general. A él le debemos el IPad y los ordenadores en los que leemos. Seguid atentos a las próximas entradas y averiguaréis cómo lo consiguió.

¡Saludos filosóficos!

martes, 27 de noviembre de 2012

Buscando la felicidad: la teoría eudemonista

¡Hola compañeros!

Hoy toca hablar de algo que todos nos hemos planteado alguna vez: ¿cómo puedo ser feliz? En esta época de incertidumbre y duda, de zozobra y malestar esta cuestión se vuelve de más actualidad que nunca. Ser feliz parece hoy más difícil que nunca, con todos estos problemas que tenemos (tanto sociales como personales).

Afortunadamente, aquí está la filosofía para ayudarnos en este proceso. Aristóteles mantendrá que el fin último del hombre es alcanzar la felicidad. Todo lo que el hombre realiza en su vida lo hace para alcanzar la felicidad, pues es imposible que nadie se desee el mal a sí mismo: siempre actuamos buscando nuestro propio bien. Algunos de vosotros argumentaréis que esto no es siempre cierto, pues muchas veces actuamos mal a sabiendas, e incluso en contra de nuestros intereses. Pongamos el ejemplo más radical de todos: un suicida. Un suicida actúa de tal modo que se quita lo más preciado (la vida). Sin embargo, actúa así porque vivir le resulta insoportable, porque la felicidad es imposible en el estado de cosas que está sufriendo; por tanto, resuelve quitarse la vida como una manera de evitarse mayor sufrimiento, es decir, mayor infelicidad.

Por supuesto, eso no quiere decir que TODO lo que hacemos sea bueno para nosotros realmente sino que simplemente buscamos el bien que creemos conveniente en cada momento, con la posibilidad de errar y equivocarnos y en realidad procurarnos un mal sin querer (puede ser el caso de un drogadicto que busca drogarse para ser feliz, pero en realidad eso le causa mayor infelicidad y frustración). Para encontrar la felicidad de verdad el hombre ha de actuar conforme a su naturaleza y no saltarse las normas.

No voy a entrar en detalles acerca del camino que Aristóteles determina que hemos de seguir como seres humanos, sino que me voy a quedar con el fondo de la cuestión. Comportarse moralmente no es solamente una exigencia ética o incluso religiosa; comportarse moralmente es una exigencia y una condición que hemos de seguir para poder ser felices. Según los griegos (y en este punto no puedo más que estar de acuerdo con ellos) el hombre virtuoso será feliz, y el hombre malvado no lo será. Así de simple. Hacer el bien, según esta perspectiva, siempre tiene una recompensa en forma de felicidad, mientras que hacer el mal produce infelicidad en el que se comporta así. Es por esto que Sócrates prefiere recibir una injusticia a cometerla: al recibirla su valía moral queda intacta, así como su capacidad de ser feliz, mientras que al cometerla ya queda manchado con la acción y será un desgraciado toda su vida hasta que consiga reparar su falta.

Cada día que pasa estoy más convencido de esto: las buenas acciones te llevan por la senda de la felicidad mientras que las malas te hacen más desgraciado. Quizás esto se deba a mi carácter poco conflictivo o a cobardía pura y dura, pero a mi alrededor todo lo que veo no hace más que confirmar esto. Veo a gente excelente que es feliz, aunque la vida le trate mal y a pesar de las adversidades de la fortuna. Pero también percibo la soledad del hombre malvado, la tristeza inherente a esa soledad, la amargura de la desconfianza y la infelicidad de las malas acciones, las mentiras y los engaños.

Tristemente, esto no se puede enseñar en un colegio, solamente se puede mostrar con la propia vida, con el propio ejemplo, y confiar en que sirva para ilustrar a generaciones venideras en que la búsqueda de la propia felicidad es inseparable de un comportamiento moral, en definitiva, humano.

¿Qué opináis?

¡Saludos filosóficos!

sábado, 17 de noviembre de 2012

El cambio en Aristóteles: acto y potencia

¡Hola compañeros!

Aquí estoy de vuelta a la carga con más interesantes -espero- propuestas filosóficas que haceros. Ya dijimos el otro día que este es el mes de Aristóteles así que algo habrá que contar de él que nos ayude a entender el sentido del transcurso de esta historia que vamos contando a trompicones. Si os acordáis, hace tiempo comentamos que la filosofía había nacido en Grecia con el problema del cambio. En el momento analizamos bastantes propuestas al respecto (las de los filósofos presocráticos), tratando de averiguar cómo es posible que se produzca el cambio en el mundo, pues no resulta algo tan sencillo como intuitivamente creemos. Todas las preguntas se condensan en la siguiente: ¿cómo se produce el paso del ser al no-ser (o viceversa)? ¿Cómo el papel deja de ser papel (era papel y ya no es papel) y se convierte en ceniza (la ceniza no era y ahora es)?

Como ya sabéis, este problema trajo bastante de cabeza a los antiguos y lo peor es que ninguno terminó de dar con una solución adecuada y convincente al problema. Algunos de ellos (como Parménides) incluso llegaron a plantear que el cambio no puede existir porque es irracional y absurdo; otros (como Heráclito) llegan a la conclusión de que si la razón no puede entender el cambio es culpa de la razón, no de la realidad, que es siempre cambiante y variable. Platón, por su parte, trata de sintetizar ambas posturas en su teoría de las ideas; una parte de la realidad es siempre cambiante y mutable, pero hay un mundo estable y fijo en el que nada nunca cambia, el mundo de las ideas.

Aristóteles, como veremos en una entrada más adelante, tiene sus propios problemas con la teoría de las ideas, la cual no le convence en absoluto. Según su punto de vista esa teoría no explica para nada el problema del cambio, sino que simplemente lo deja de lado, sin abordarlo realmente. ¿Cómo es posible el cambio según él?

Para empezar, Aristóteles piensa que hay que empezar por relativizar los conceptos de "ser" y "nada (no-ser)". Si nos mantenemos tan rigurosos como Parménides es imposible explicar el movimiento y el cambio. Con esa inflexibilidad no llegamos a ninguna parte (en realidad esta también es una lección para la vida, si no sabemos ceder no obtendremos nunca beneficios de ningún tipo). Sin embargo, tampoco podemos confundirlo todo hasta el extremo de afirmar, con Heráclito, que el ser y el no-ser es lo mismo. Evidentemente, si da igual ser que no-ser, entonces el cambio no existe tampoco, pues pasar del ser al no-ser sería irrelevante. Así pues, tenemos que reconocer que en el proceso del cambio hay un cierto no-ser en el ser y un cierto ser  en el no-ser, sin que lleguen a confundirse del todo nunca.

Con esto en mente tomemos el ejemplo de una semilla que se va a convertir en árbol. Nosotros vemos un semillita hermosa en nuestra mano. Desde luego no es un árbol, pero puede serlo. Si le damos una tierra fértil, un poco de abrigo de los elementos climatológicos, un poco de abono, etc. podrá convertirse en un árbol. Existe la posibilidad de que acabe siendo comida por un gusano, o por un pájaro arbolicida, pero tiene posibilidades más o menos sólidas de convertirse en un árbol de provecho para la comunidad.

Pero en lo que seguro que no se convierte es en un coche. Es imposible, da igual lo que hagamos con esa semilla, que no se convertirá en un coche. No hay nada que podamos hacer o decir que cambie este hecho. ¿Por qué? Pues porque la semilla tiene dentro de sí un cierto ser de árbol; tiene como un árbol en pequeñito que puede desarrollarse, mientras que no tiene ese cierto ser de coche. Que guarda un cierto ser no quiere decir que lo sea ahora, sino que dentro de la semilla existe la posibilidad de ser árbol, mientras que no existe la posibilidad de que sea coche. A ese cierto ser que no es, pero puede ser, lo llama Aristóteles potencia. La semilla tiene la potencia de árbol dentro de sí. No es un árbol ahora, pero puede llegar a serlo. No es un ser, pero tampoco es un no-ser total, sino que, en cierto modo, la semilla tiene dentro de sí algo de árbol.

¿Y cómo llama Aristóteles a lo que las cosas son ahora, en este momento? A lo que una cosa es ahora lo llama Aristóteles acto. Una semilla es una semilla actualmente, pero es un árbol en potencia. Todo ente (es decir, todo lo que existe) tiene un ser en acto (lo que de hecho es) y muchas potencialidades (aquello en lo que puede convertirse): la semilla puede llegar a ser un árbol pero también puede puede convertirse en comida. ¿Qué es, por tanto, el cambio? La respuesta que da Aristóteles es simple: el paso de la potencia al acto.

 Un esquema académico y formalísimo del asunto

Esto cerrará este capítulo del problema del cambio en la filosofía (que ya se está quedando demodé) y abrirá otros nuevos, en los cuales nos adentraremos próximamente. Poco a poco, la mirada del hombre va cambiando, y de mirar y contemplar el mundo exterior, va a empezar a mirarse a sí mismo con extrañeza y a hacerse preguntas inquietantes: ¿qué es el ser humano? ¿Qué es la felicidad? ¿Para qué sirve portarse bien? En esas preguntas nos adentraremos profundamente en otra ocasión.

¡Saludos filosóficos!

lunes, 12 de noviembre de 2012

La navaja de Ockham (u Occam)

¡Hola compañeros!

El otro día vi una película de lo más curiosa. Ya la había visto antes pero nunca con la atención debida a su argumento y los problemas filosoficos que subyacen (sobre todo en la escena final de la película). Se llama "Contact" y aunque ya tiene sus añitos me pareció interesante y bastante entretenida: al fin y al cabo, tiene su punto de ciencia-ficción con lo cual siempre me va a a ganar. Para aquellos de vosotros que no la hayáis visto os la recomiendo encarecidamente, y a aquellos que ya la habéis visto os diría que veáis la escena final de nuevo, pues me resulta de lo más sugerente.

Obviamente no voy a destripar la película, pero en ella surge una de las más famosas y manidas reglas filosóficas desde la Edad Media: la famosérrima navaja de Ockham. Probablemente la hayáis oído mencionar alguna vez y si no es así no os preocupéis porque aquí voy yo al rescate: ante varias explicaciones para un mismo fenómeno, hay que elegir siempre la más simple. Desgranemos este asunto.

Imaginad la siguiente situación. Estamos en casa solos, de noche. Se acerca esa hora que suele exacerbar nuestra imaginación y limitar nuestro razonamiento lógico. De pronto, escuchamos un ruido proviniente del salón. No sabemos qué es, pero algo ha hecho ruido ahí. Ahora mismo, se nos abre un campo de respuestas de lo más amplio, desde "un ladrón está en el salón" hasta "un fantasma me acecha" pasando por "malditas cucarachas" o "¿seguro que no ha sido mi estómago?". Está claro que se nos pueden ocurrir muchas más pero podemos empezar con estas pequeñas dosis de paranoia nocturna.

Ahora tenemos que optar entre una de estas explicaciones. Y no todas son iguales, pues unas resultan más verosímiles que otras. Según la navaja de Ockham debemos preferir las explicaciones simples a las complejas, por lo que deberíamos empezar descartando la presencia de fantasmas en nuestro salón. Parece también poco probable que haya un ladrón (aunque hoy en día desgraciadamente eso es algo a considerar siempre), por lo que debemos rechazar tal opción. Quizás podríamos dudar entre las cucarachas o nuestro hambriento estómago, pues ambas explicaciones resultan, a mi parecer, igualmente plausibles. También podríamos considerar que el ruido provenga de un mueble viejo de madera, de esos que crujen por las noches, etc.

¿Qué quiero decir con esto? Bueno, en realidad este principio tiene bastantes aplicaciones. La ciencia lo utiliza mucho para guiar sus propias hipótesis y explicaciones del mundo físico. Para la ciencia cualquier explicación que se dé de un fenómeno físico ha de ser lo más simple posible. Aquí la clave estriba en la palabra posible, pues eso no quiere decir que sea fácil o sencilla, sino que de entre todo el rango de soluciones posibles hay que elegir la más simple (que muchas veces sigue siendo complicadísima para nosotros, ¡oh simples mortales de letras!).

El nombre de navaja le viene porque los medievales bromeaban con la idea de que este principio le afeitaba las barbas a Platón, al poner Ockham en duda que tengan que existir dos mundos para explicar este. Al margen del sentido del humor medieval, lo cierto es que este principio puede resultar también útil para deshacer ciertos mitos sobre nosotros mismos. Por ejemplo, muchas veces creemos que el mundo conspira para producirnos infelicidad, que la gente nos odia, o que determinadas personas me tienen manía. Si aplicamos la navaja de Ockham para explicar nuestra infelicidad, parece que resulta más simple pensar que el problema lo tengo yo, que culpar a todo el mundo de nuestra desdicha. Es más fácil producir un cambio en mí que adaptar al universo a mis propias filias y fobias. Una vez nos damos cuenta de que resolver problemas es más simple si se aborda desde nosotros mismos, ya nada puede detenernos, y podemos utilizar la navaja para cortar las amarras que nos atan a nuestros temores, a nuestras pesadillas.

¡Saludos filosóficos!

martes, 6 de noviembre de 2012

El filósofo del mes: Aristóteles

¡Saludos compañeros!

Vuelvo rebosante al blog tras un asueto bien merecido (curioso, todo el mundo cree que se merece las vacaciones, sin excepción). Lo sé, lo sé, me he demorado un día en hacer la entrada. Me flagelaré por ello pero antes voy a escribir lo que tenía pensado.

Tras haber dedicado el mes anterior al bueno de Platón (bastante pesado me puse con él, pero es que tengo debilidad por sus ideas, nunca mejor dicho) vamos a adentrarnos en el proceloso, inquietante, oscuro y científico mundo de Aristóteles. En efecto, Aristóteles es un autor conocidísimo, pero que poca gente sabe bien lo que dice. Muchos recordábamos alguna cosilla de Platón (la caverna, la reminiscencia, algo de un mundo de las ideas, etc.) pero de Aristóteles no tenemos ni idea. Pero es que cero. "¿Qué decía Aristóteles?" "Uhm, pasapalabra." Pues vamos a remediar este error, o a intentarlo.

Aristóteles fue hijo de médico, lo cual ya impuso sobre su espíritu una curiosidad por el mundo natural y físico de la que carecía Platón. Como ya sabemos, Platón aspiraba a un mundo espiritual, alejado de lo físico y lo sensible. Por el contrario, Aristóteles insistirá en mantener los pies en el suelo, en no alejarnos demasiado de esta realidad que nos rodea y en la que, al fin y al cabo, vivimos. La famosa "Escuela de Atenas" de Rafael ilustra perfectamente estas dos actitudes tan contrapuestas:



A la izquierda podemos observar a Platón apuntando hacia el cielo, hacia esa realidad espiritual que trasciende este mundo físico. A su lado vemos a Aristóteles -más joven- manteniendo los pies en la tierra. Su mano nos indica que no debemos nunca perder la perspectiva de este mundo del que procedemos. Rafael, en su maestría, nos indica mediante dos sencillos gestos la existencia de dos tendencias filosóficas aparentemente irreconciliables y que recorrerán soterradamente toda la historia de la filosofía: el idealismo y el realismo.

Y, sin embargo, Aristóteles fue alumno de Platón. No solo eso sino que debieron tener una relación estupenda y amistosa. No en vano se pasó Aristóteles estudiando 20 años en la academia que Platón había fundado. De hecho, permaneció allí hasta su muerte, momento en el que cual decidió que ya no valía la pena quedarse pues sus diferencias filosóficas con el platonismo resultaban ya muy evidentes. Después de eso se dedicó a viajar por el Mediterráneo y a dar clases hasta que se puso en contacto con él un tal rey Filipo de Macedonia para que diera clases particulares a su hijo de 13 años. Nada más y nada menos que el mismo Alejandro Magno. Efectivamente, Aristóteles fue profesor particular del magnífico Alejandro durante dos años (¡vaya alumno y vaya profesor!).
Tras esto se estableció en Atenas, donde fundó otra escuela filosófica que llamó Liceo. En ella se dedicó a dar clases hasta la muerte de Alejandro, momentó que aprovechó para escapar de Atenas debido al odio antimacedonio (Aristóteles era macedonio, como Alejandro). Según se dice, pronunció lo siguiente mientras escapaba: "no quiero que Atenas cometa un segundo pecado contra la filosofía." Modesto, el tipo. De todos modos, de poco le serviría porque murió un año después por causas naturales.

El pensamiento aristótelico es poderoso, duro e inmisericorde. Él mismo dijo que era "amigo de Platón, pero más amigo de la verdad." ¿Y cuál es esa verdad? Lo veremos en la siguiente entrega. Hasta entonces...

¡Saludos filosóficos!

lunes, 29 de octubre de 2012

Los dilemas éticos: el dilema del tren

¡Hola compañeros!

Hoy es mi cumpleaños. Entrar en la treintena me hace reflexionar sobre cosas que nada tienen que ver con la edad y el paso del tiempo. Hablaros hoy sobre eso sería caer demasiado bajo en las redes de la predecibilidad. Así pues, lleno del vigor renovado que da saberse vivo y coleando, os hablo de un tema curioso y de cierto interés como pueden ser los dilemas éticos.

Un dilema ético consiste en una situación en la que decisión que se debe tomar no resulta del todo clara, pues se deben tener en cuenta diversos factores que afectan a nuestro juicio moral y ético sobre el asunto. Vamos que no tenemos ni idea de cuál es la decisión correcta y vamos oscilando terriblemente entre diversas opciones. Vamos a ver el ejemplo paradigmático de un dilema ético: el dilema del tren. Voy a intentar explicarlo del modo más gráfico posible.

Imaginemos una vía de tren por la que circula un tren. Al final de esa vía se da una bifurcación regulada por un cambio de agujas en el que nos encontramos nosotros. Es decir, tenemos el poder de decidir si el tren toma una vía u otra. Pues bien, da la terrorífica casualidad de que en una de las vías hay cinco personas atadas a la vía, de tal modo que el tren se dirige hacia ellas con un final previsiblemente desgaradable para los presentes. SIN EMBARGO, nosotros podemos evitar esa tragedia dirigiendo el tren por la otra vía (activando el cambio de agujas); el problema es que en la otra vía hay una persona atada. La pregunta interesante es: ¿activaríais el cambio de agujas matando a una persona para salvar a cinco o no tocaríais nada dejando morir a cinco pero salvando a una?

Creo que la mayoría de nosotros apretaríamos el botón del cambio de agujas bajo la premisa de elegir el mal menor pero muchas preguntas interesantes surgen aquí. ¿Qué derecho tenemos nosotros para decidir sobre si es mejor matar a una persona o a varias? ¿Qué ocurre si tenemos a cinco delincuentes y a una persona virtuosa? ¿Cambia entonces nuestro criterio? O simplemente imaginemos que la persona atada es un familiar querido y las cinco personas son desconocidas. Probablemente eso afectaría a nuestro criterio, pero ¿resultaría ético actuar llevado por los sentimientos sin considerar razones objetivas? Quizás otros decidieran no apretar el botón inhibiéndose de la situación completamente, pero ¿no es la inacción una decisión consciente? Al fin y al cabo, no actuar es una decisión y de eso precisamente estamos hablando aquí: de decisiones morales.

Compliquemos el asunto un poco más. Ahora imaginemos que la vía no tiene cambio de agujas ni bifurcación. La vía transcurre solitaria y siguen estando las mismas cinco personas atadas a ella. El tren se acerca y antes de llegar a ellas tiene que pasar por un andén donde casualmente nos encontramos un servidor y un tipo orondo y gordo. Evaluando la situación con la rapidez de reflejos que te da la profesión de profesor decides que si empujas a ese tipo gordo a la vía podrás parar el tren antes de que llegue a las cinco personas. ¿Lo empujaríais?

¿Os parece la misma situación? ¡Espero vuestros comentarios!

¡Saludos filosóficos!

jueves, 25 de octubre de 2012

La educación en Platón

¡Hola compañeros!

Estos días he vuelto a retomar un viejo hábito que había perdido en los últimos años y es releer los diálogos de Platón. Lo sé, lo sé, hay ocupaciones más divertidas y más sanas pero qué queréis que os diga, la cabra tira al monte y uno es como es. En fin, que como iba comentándoos antes de sentirme interrumpido, he vuelto a cruzar mi mirada por estas fantásticas líneas escritas hace 2500 años y no puedo menos que sentirme maravillado.

(…)No des a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina –dije yo- que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. Si puede suceder que los trabajos corporales no deterioren más el cuerpo por haber sido realizados obligatoriamente, el alma en cambio no conserva ningún conocimiento que haya entrado en ella por la fuerza.
-Cierto.
-No emplees pues la fuerza, mi buen amigo para educar a los niños, que se eduquen jugando, y así podrás conocer mejor también para qué está dotado cada uno de ellos”. 
(República, 536d)

Solamente quería compartir este texto con vosotros. No tenía pensado escribir nada más esta semana pero es que leyendo esto me he sentido obligado a hacerlo.

¡Pasad buen final de semana!

P.D.: gracias a http://biendeverdad.blogspot.com.es por "prestarme" este texto, que andaba buscando por internet para no copiarlo. No dejéis de visitar su blog, ¡es muy recomendable!

lunes, 22 de octubre de 2012

La teoría de la reminiscencia de Platón

¡Hola compañeros!

Hoy traigo una teoría bellísima bajo los brazos. Una de esas teorías que da igual sin son verdad o mentira, porque es tal su atractivo estético que poco importa lo demás. No importa cuánto tiempo pase siempre permanece interesante y cautivadora, hasta el punto que muchos filósofos la han hecho suya posteriormente, sucumbiendo a la tentación platónica. Veamos cuál es ese canto de sirena.

Si os acordáis de la anterior entrada (sí, sí, la que está justo aquí debajo de esta) dijimos que para Platón las ideas son más importantes que el mundo físico o sensible porque son más estables y constantes. No nos podemos fiar completamente de los sentidos, pues nos engañan una y otra vez: la pajita doblada en el vaso de agua, los espejismos en el desierto, los daltónicos, etc. ¿Cómo vamos a fiarnos de un método de conocimiento que nos falla tan a menudo? Debe de existir una forma de acceder a las ideas al margen de los sentidos. En resumen: si queremos acceder a la verdad no puede ser a través de los sentidos, que son esencialmente engañadores.

"Muy bien, Platón." -podemos responder- "te acepto esto que dices de que los sentidos nos engañan, pero entonces ¿cómo conocemos entonces las dichosas ideas? ¿Cómo llenamos nuestras cabezotas de conocimientos?" Resultan preguntas pertinentes. Al fin y al cabo, es un hecho que nosotros podemos hacer ciencia y llegar a la luna y saltar desde treinta y pico kilómetros. ¿De dónde han salido esos conocimientos? Para Platón solamente existe una respuesta posible: si no provienen del mundo exterior han de provenir de nosotros mismos. ¿Quiere decir eso que nosotros nos inventamos esos conocimientos? No, simplemente quiere decir que esos conocimientos no han entrado por los sentidos, sino que ya estaban en nosotros al nacer, eran innatos.

En realidad a Platón no le queda otra opción, si lo pensamos bien. En el momento en el que afirmó que lo único real son las ideas y que el mundo sensible es una farsa y una copia, ya está obligado a mantener que no podemos conocer esas ideas a través de sus copias imperfectas. Él afirma que el alma humana ya existía antes de nacer el hombre, y que vivía en el mundo de las ideas. Retozaba alegremente por esos campos ideales brincando alborozada por su contacto directo con las ideas.

Ahora bien, con el nacimiento el alma queda aprisionada en un cuerpo físico, lo cual le produce un profundo trauma (supongo que en mi caso concreto el trauma fue todavía mayor al contemplarse al espejo por primera vez). Ese trauma le genera una amnesia, un olvido de todo lo que había aprendido en ese mundo de las ideas antes de nacer. Por eso, cuando nacemos parecemos no conocer nada, porque nos hemos olvidado de todo lo que sabíamos. Es decir, en realidad la ignorancia no es otra cosa que olvido. Y viceversa, aprender es recordar (siempre me ha encantado lo evocador y poético de esa frase, supongo que soy un cursi). Cuando estamos aprendiendo cosas en realidad no estamos generando conocimientos nuevos sino que estamos recordando ideas que ya habíamos contemplado en otra vida. Por eso, cuando tenemos una idea genial, siempre tenemos la sensación de haber recordado algo importante ("eureka!"), una sensación de "¿por qué no se me ha ocurrido antes?".

Así que todo el conocimiento está ya dentro de nosotros; todo está contenido en nuestra alma, esperando a salir. Y un profesor es solamente aquel que nos recuerda todo aquello que ya sabíamos, un profesor es aquel que nos ayuda a dar a luz nuestro conocimiento: es una comadrona del alma. En realidad, no nos enseña nada, estrictamente hablando, sino que nos ayuda a recordar. Por eso, a la hora de enseñar, son más importantes las preguntas que las respuestas.

En fin, espero que os haya gustado tanto como a mí. Os dejo con un vídeo de Les Luthiers, que estuve ayer viéndolos y fue sencillamente genial. Incluso nos dedicaron una cumbia a los filósofos...



¡Saludos filosóficos!

lunes, 15 de octubre de 2012

La teoría de las ideas de Platón

¡Hola compañeros!

Siento haberme demorado en la entrada semanal de los lunes. Normalmente la hago por la mañana, pero una convivencia con los mozalbetes y el hecho de estar con un trancazo del quince me han retrasado el poder hacerla a su hora.

Hoy enfocamos al filósofo más grande de la historia: Platón. El otro día nos centrábamos en su vida y hoy exponemos la más famosa de sus teorías. Esa típica teoría que recordamos de nuestros días en bachillerato (aunque solamente recordemos eso): la teoría de las ideas.

Como recordaréis (pues sois alumnos aplicados), el mundo griego quedó estupefacto, conmocionado, groggy, ante esos dos monstruos que llamábamos Heráclito y Parménides. Al fin y al cabo, ambos no podían tener razón a la vez (pues decían cosas contrarias); ambas teorías no podían ser falsas a la vez por el mismo motivo, y si nos adhiríamos a una de ellas por separado nos conducían a resultados completamente inaceptables para el sentido común. ¿Quién pone el cascabel al gato? ¿Cómo encaramos este problema?

Platón tuvo una idea genial. Quizás lo que ocurre es que ambos tienen razón... y ambos se equivocan al mismo tiempo. ¿Cómo es eso posible? Sencillamente están hablando de cosas diferentes: Heráclito se refiere al mundo sensible, físico (es decir, este mundo que tocamos, sentimos, vemos, sufrimos) mientras que Parménides se refiere a otro mundo de conceptos e ideas (es decir, el mundo que pensamos, razonamos, conocemos, conceptualizamos). Todos tenemos experiencia de que las cosas de este mundo son temporales, variables y caóticas, tal y como decía Heráclito. Sin embargo, ese no es el único mundo posible, dice Platón. También existe otro mundo donde las cosas nunca cambian, son inmutables, eternas y permanentes (tal y como sostiene Parménides): el mundo de las ideas.

Pensadlo bien, el número 2 siempre será igual, no importa cuánto tiempo transcurra, quién lo piense, el humor del matemático que lo utilice: siempre igual. Es una idea, y las ideas nunca cambian. Lo mismo con la idea de "caballo", por ejemplo. Todos los caballos del mundo nacen, comen, se reproducen y mueren (lo cual es un cambio bastante radical, para mi gusto); pero la idea de "caballo", el concepto "caballo", nunca cambia, siempre será igual. Es decir, la idea de "caballo" es más perfecta que cualquier caballo físico de este mundo: más REAL. Platón va más allá: si queremos conocer la realidad física debemos acudir a las ideas, que son más perfectas que este mundo sensible (que no sensiblero) y por tanto más fiables. No solo eso: el mundo que habitamos, este mundo, depende completamente de las ideas para poder existir. Sin las ideas, sin conceptos, este mundo no sería.

Algunos de vosotros, que sois unos descastados, enseguida proclamaréis furibundos: "¡pero si las ideas vienen del mundo físico! Nosotros obtenemos la idea de caballo de ver muchos caballos. ¿Cómo puede Platón sostener con seriedad que la idea de caballo precede (va antes) a los caballos físicos? ¿Cómo puede este tipo ser leído hoy en día? Es más, ¿qué hago leyendo este blog?". Antes de que, con justicia, me mandéis a esparragar considerad el siguiente ejemplo.

Imaginad que os ponéis a hacer unas galletas en un molde. Son estas galletitas con forma de hombrecito siniestro (al estilo el hombre-galleta de Shrek). A tal efecto, compráis en Ikea un molde con forma de hombrecito en el cual poner la masa y poder hornear tal suculento manjar. Hacéis las galletas y las ponéis a enfriar sobre la bandeja. Mientras contempláis las galletas orgullosos de vuestra obra os percatáis de que unas galletas han salido de una manera y otras de otras maneras. Aunque todas tienen, más o menos, la forma del molde, no son exactamente iguales. Una tiene barriguita, a otra le falta un brazo, otra ha desbordado por la zona de la pierna, etc. Pues bien, todas son imperfectas copias de un molde original. Si quisiéramos saber cómo es exactamente la forma de la galleta no acudiríamos a las galletas sino que iríamos directamente al molde, que tendrá la forma perfecta.

Las ideas son los moldes de la realidad, más perfectas, invariables y eternas. Si el hombre quiere conocer la realidad, tendrá que conocer sobre todo las ideas, y olvidarse de este mundo absurdo y contradictorio.

Si no os he conseguido impresionar en esta exposición de una cara de la teoría de las ideas de Platón no le culpéis a él: culpadme a mí, pues comparado con él solamente soy una galleta. :)

¡Saludos filosóficos!

lunes, 8 de octubre de 2012

Sócrates y su odio a los libros

¡Hola compañeros!

Bienvenidos de nuevo a este blog delirante y absurdo, donde la excentricidad y lo absurdo alcanzan cotas cada vez más elevadas (¡y lo que nos queda!). Hoy rebajaremos un poco estos niveles y analizaremos una de las ideas más curiosas que nos dio la antigüedad (oh excelsa y maravillosa antigüedad): el desprecio de Sócrates por los libros y la palabra escrita.

Como expuse en una entrada anterior sobre la vida de Sócrates (no voy a buscar el link, ya sois mayorcitos) existen muchas similitudes entre la vida de Jesucristo y la este filósofo "desagradable a la vista". Una de las más importantes es que no dejaron nada escrito y todo lo que conocemos de ellos es por referencias de sus discípulos y otros pero no porque nos legasen su pensamiento en libros. En el caso de Sócrates existían dos fuertes motivos para rechazar el uso del discurso escrito y de la palabra en forma de libro.

El primer motivo tiene una fuerte influencia de su modo de entender la filosofía. Para él, la filosofía es una forma de vida, una práctica social que solamente se puede llevar a cabo en comunidad y en diálogo con los demás. La Verdad no es accesible desde la soledad sino que únicamente mediante un contacto frecuente y constante con los congéneres y los vecinos podemos tratar de acercarnos con esfuerzo hacia ella. Mediante el diálogo, las preguntas y las respuestas nos aproximamos a una respuesta, que quizás no sea definitiva, quizás no sea plenamente satisfactoria, pero es un comienzo. Es decir, la Verdad no es un estado fijo y estable de la realidad al que accedemos en soledad, sino que en compañía y en sociedad nos aproximamos paulatinamente hacia ella, con esfuerzo.

Esto no casa bien con la típica actitud del sabio solitario que, en la soledad de su laboratorio, descubre leyes científicas y desentraña los secretos del universo. Se parece más al frenético movimiento de una universidad, donde diferentes doctrinas colisionan entre ellas y los científicos se demuestran y refutan constantemente en un baile incesante y eterno (qué poético me ha quedado).

El segundo motivo por el cual Sócrates rechaza la escritura es que a los libros "no les puedes preguntar nada". Cuando estás leyendo un libro y encuentras algo que no entiendes no puedes preguntarle nada al autor. Si le haces una pregunta a un libro nunca responde nada, solamente te topas con silencio. Es un asunto complicado eso de poner las ideas de un modo discursivo y lineal, pues el mundo rara vez es discursivo y lineal sino que se parece más a una conversación: caótico, con reglas implícitas pero rara vez comprendidas del todo, con una estructura irregular pero constante... ¿Qué persona en sus cabales se apoya en un modo de acceso a la Verdad tan inadecuado?

Esto no quiere decir que Sócrates no hubiera leído, pues era una persona tremendamente culta, pero lo que ocurría es que no le gustaba quedarse con dudas sobre aquellas cosas que leía. Si no podía acceder al escritor tenía que contentarse con leer el libro y aceptar o rechazar lo que allí encontrase escrito.

Ese es uno de los motivos que llevaron a Platón a escribir diálogos en vez de tratados. Era una manera de esquivar esa reserva que tenía su maestro a la palabra escrita y a la vez poder hacer que perdurara su mensaje. Una solución de auténtico genio pero ¿la habría aprobado su maestro? Aaaah, quién puede saberlo, lo que está claro es que los diálogos de Platón constituyen un auténtico placer para la lectura y una maravilla literaria a todos los niveles.

El próximo día nos adentraremos en el mundo de las ideas de Platón y descubriremos lo que el filósofo más importante de la historia dejó a la posteridad.

¡Un saludo filosófico!

martes, 2 de octubre de 2012

La naturaleza y los números

¡Hola compañeros!

¡Ajajajá! Pensabáis que solamente haría mi entrada semanal y ya está ¿eh? Os equivocáis si creéis que podéis juzgar con tanta ligereza los comportamientos erráticos y vagabundos de un filósofo.

Hoy os traigo un vídeo que ilustra a la perfección la aspiración pitagórica. Pitágoras era un tipo medio loco que afirmaba que el arjé, lo realmente real, eran los números. Para él lo que todas las cosas tienen en común es que son cuantificables por medio de números. Antes de tomarle por un locuelo veamos el siguiente vídeo que sorprenderá a muchos y convencerá a algunos. Recomiendo ponerlo a pantalla completa y escucharlo con la música, os gustará mucho más (doy por hecho que os gustará, pero así os gustará más).



¡Saludos filosóficos!

lunes, 1 de octubre de 2012

El filósofo del mes: Platón


 Platón poniéndose grosero con el de al lado, o señalando al cielo, no está claro

¡Hola compañeros!

Espero que hayáis tenido un buen fin de semana, y que aquellos que rompieron mi ventana del coche para robarme un boli bic por la noche se pudran en el más profundo de los infiernos. Con un hilo musical de Justin Bieber.

En fin, no dejemos que lo urgente no distraiga la mirada de lo importante. La entrada de hoy se la dedicaremos al más grande filósofo que nos ha dado la humanidad: Platón. ¿Que si es interesante su vida? Bueno, juzgad vosotros mismos.

Platón originalmente se llamaba Aristocles, pero sus compañeros pronto le apodaron Platón, que significa, "el de anchas espaldas". Por lo visto debía ser un tipo fuertote y gallardo, al más puro estilo Vin Diesel. Procedía de una familia noble y aristocrática de Atenas (nota para el futuro: casi todos los filósofos proceden de familias nobles, al fin y al cabo, si vas a vivir de ideas, más te vale tener una renta vitalicia de algún tipo). Esta familia tomó parte en el famoso (famosísimo, diréis vosotros) gobierno de los Treinta Tiranos, que derrocó temporalmente la democracia e impuso un gobierno totalitario sobre la magnífica ciudadanía ateniense. En consonancia con ellos fue siempre un crítico de la democracia, aunque siempre condenó los desmanes de sus parientes mientras estaban en el poder. No era tan mal tipo, al parecer.

En su juventud se dedicó a escribir poesías y tragedias, muy como los jóvenes de hoy en día (en aquellos tiempos, como vemos, les educaban para escribir tragedias, mientras que hoy en día lo verdaderamente trágico es la educación. Paradojas de la vida.) pero pronto conoció a la persona que cambiaría su vida para siempre: Sócrates. En cuanto lo hubo conocido quemó todo lo que había escrito y se concentró solamente en la filosofía, haciéndose fervoroso seguidor de su maestro.

Con la muerte de Sócrates, Platón juzga prudente retirarse un tiempecito de Atenas hasta que los ánimos se calmen y se dedica a viajar por el Mediterráneo hasta recalar en Siracusa donde conoce al tirano Dionisio (los tiranos eran una especie de dictadores, con no demasiada buena fama). Intenta llevar a cabo su utopía política pero el experimento termina como el rosario de la aurora y el tirano le vende como esclavo (un político salvándose a costa de una cabeza de turco, eso es algo que afortunadamente se ve poco ahora).

Cuando vuelve a Atenas decide dedicarse a cosas menos peligrosas y estresantes y compra una pequeña parcelita a las afueras de Atenas dedicada al héroe griego Academo, por lo que decide llamar a su escuela "Academia". Este es, amigos, el origen de la palabra academia y de este conocimiento sin precedentes podréis presumir en reuniones familiares y sindicales. En esta academia estudiaron políticos, científicos y filósofos. Era una especie de universidad donde los chicos adinerados de Grecia completaban sus estudios bajo la dirección del maestro. De hecho, se decía que quienes cenaban con Platón y conversaban con él en el comedor se sentían bien al día siguiente, tal era el poder de convicción de este hombre sin igual.

Platón sigue enseñando en la academia hasta su muerte, momento en el cual la filosofía pierde un gran hombre y un profundísimo y agudísimo pensador.

El alumno más famoso de la academia es Aristóteles, que estudió 20 años en la academia hasta la muerte de Platón, que provoca su salida de ella y el comienzo de un nuevo tipo de filosofía completamente diferente. Pero eso, amigos, es materia de un nuevo capítulo de esta serie de entregas... ¡el filósofo del mes! Tachán.

¡Saludos filosóficos!

lunes, 24 de septiembre de 2012

II) El problema del cambio: Heráclito y Parménides


¡Saludos compañeros!

Hoy retomamos el tema que dejamos a medias el otro día. Debéis saber que estoy escribiendo esta entrada desde un ordenador al que le falta la tecla "ele", y jamás me había percatado de la cantidad de veces que utilizamos la letrita dichosa. Puedo aseguraros que resulta bastante infernal hacerlo, pero todo sea por la causa.

En fin. Nos quedamos hablando del arjé y de los diferentes arjés que habían encontrado los primeros filósofos, esos pioneros que abrían camino a través de junglas tórridas y desiertos innombrables. Sin embargo, hasta cierto punto, sus respuestas son candorosamente infantiles e ingenuas. Que si el agua o el aire, etc. Nuestro interés filosófico empieza a crecer cuando accedemos a las dos mentes brillantes de la antigüedad: Heráclito y Parménides. ¡Vaya dos! A ver qué nos dicen.



Heráclito, aburrido del color de sus botas

Heráclito mantiene que el problema del cambio no es un problema. Al menos mientras aceptemos que la realidad es contradictoria, variable, cambiante. Las cosas pueden ser y no ser a la vez (pueden ser a la vez papel y ceniza) y el cambio simplemente consiste en el modo en el que las cosas son. Todo es dinámico, nada es permanente en la realidad. No hay ningún arjé sencillamente porque no hay nada que se libre del inclemente cambio, todo está sujeto a él. El cambio es lo único real, lo único que no es ilusorio, todo es y no es a la vez. Heráclito sostiene que nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, pues la segunda vez que nos bañamos el agua ya no es la misma, ya no podemos llamar con el mismo nombre a un objeto que es, en rigor, diferente. Por eso la razón es ficticia, trata de atrapar la realidad con conceptos e ideas para intentar estabilizar, pero es un intento vano e ilusorio. Debemos aceptar el cambio tal y como es, y amoldar nuestra mente al hecho de que no seremos capaces de captar la realidad mientras sigamos atados a la razón y sus categorías petrificadas. No existe el ser, solamente el devenir.

Es una teoría interesante, pero justo al otro lado de Grecia un hombre barbudo daba su particular visión acerca del problema del cambio.



Parménides leyéndole el periódico al de al lado

Parménides sostiene, sin embargo, que el cambio es imposible, pues no es racional. No podemos pensar la contradicción (es decir, que las cosas son y no son a la vez) y si no podemos pensarlo entonces no puede ser real. Para Parménides la razón dicta lo que es real y lo que no, y si algo no puede ser pensado o concebido entonces no puede ser real. Solamente la razón da y quita la realidad a las cosas (un poco como la televisión hoy en día). ¿Cómo va a ser lo real algo contradictorio, algo absurdo? Si admitimos que todo es absurdo, entonces ¿para qué pensar? ¿Para qué tenemos la razón? Para nuestro amigo Parménides el cambio es una ilusión de los sentidos, un engaño. En realidad, debajo de esta apariencia y de este mundo engañador nada cambia jamás, todo es estable y fijo, sujeto a las reglas de la razón, siempre fiables, siempre exactas.
Un discípulo de Parménides, Zenón, trató de demostrar racionalmente la imposibilidad del movimiento, por medio de sus famosas paradojas. Aquí os dejo un enlace para que vayáis echándoles un vistazo y flipéis con el tiempo libre que tenían estas personas:

http://es.wikipedia.org/wiki/Paradojas_de_Zenon

Como habéis podido notar, ambas teorías se contradicen, pero las dos albergan poderosos argumentos tras ellas. El mundo griego quedó en estado de shock cuando se enteró de que estos dos grandes hombres se contradecían al tratar de resolver un problema y no supo cómo reaccionar al gran reto que dejaban tras de sí. ¿Quién sería el filósofo que resolviera esta polémica que no permitía avanzar?

Seguiremos próximamente... Os dejo con esta pedazo de versión en directo.



¡Saludos filosóficos!

lunes, 17 de septiembre de 2012

I) El problema del cambio

¡Hola compañeros!

Hemos hablado mucho del propósito de la filosofía, de la utilidad (o no) que tiene, de los traumas infantiles que pueblan nuestros sueños, etc. Hemos tratado muchos temas, pero os habréis dado cuenta de que no hemos penetrado realmente en las preguntas filosóficas, no hemos comenzado a esbozar ninguno de sus problemas fundamentales. Nos hemos limitado, en definitiva, a trazar unas finas -finísimas- líneas que delimitan  nuestra disciplina.

Ha llegado el momento, queridos compañeros de viaje, de emprender el primer paso hacia las profundidades filosóficas. Hasta ahora, por decirlo de algún modo, nos hemos comprado la mochila, hemos leído manuales de escalada, hemos adquirido una ropa capaz de resistir los más inclementes vientos. Pero ahora ha llegado la hora de escalar esta montaña. Habrá ratos de subida complicada, momentos de ladera más tranquilos, visiones incomparables y páramos yermos donde nada habrá que nos llame la atención. Si conseguimos superar esos retos estaremos en condiciones de coronar la cima, que no es otra que responder a esa gran pregunta kantiana "¿qué soy yo?" (os acordáis, ¿verdad?).

¡Vamos allá! Animado por vuestra presencia vamos a ponernos a analizar el primer gran problema de la historia de la filosofía: el problema del cambio.

Con el problema del cambio se inicia la filosofía. Es el primer problema que tratan, y ya empieza siendo uno bastante peliagudo. La pregunta que se hacen estos primeros filósofos es la siguiente: "¿cómo es posible que las cosas cambien?" Pensadlo. Que las cosas cambien no es tan sencillo de comprender racionalmente. Imaginemos un simple ejemplo: un papel ardiendo. Cuando vemos el papel arder observamos un proceso: ese papel se transforma en ceniza, donde antes había papel solamente queda ceniza. Sin embargo, estamos de acuerdo en que, obviamente, el papel no es ceniza. Papel y ceniza son, por tanto, cosas muy diferentes. Pues bien, la pregunta es ¿cómo es posible que el papel se transforme en ceniza? O dicho de otra manera, ¿cómo es posible que algo que existía -el papel- deje de existir y algo que no existía -la ceniza- comience a existir? ¿Tiene lugar una creación de la nada? ¿Cómo pueden surgir cosas de la nada? No sé si estoy explicando bien el problema: hay un instante en la combustión en el que no hay papel y todavía no hay ceniza, ¿qué está ocurriendo en ese momento? Es como si desapareciera el papel y apareciera la ceniza de la nada... Más que de transformación estaríamos hablando de sustitución. Uhm, parece una cuestión estúpida, pero ríos de tinta han corrido al respecto, y no podemos decir que hayan dejado de correr.

La respuesta general que dan estos primeros filósofos es bastante ingeniosa. Para ellos existe una materia primigenia de la que salen todas, un arjé (que significa principio en griego). Ocurre que esa materia no siempre se manifiesta de la misma manera, por eso las cosas parecen diferentes aunque en realidad todo sea lo mismo. Estos primeros filósofos, que llamaremos presocráticos, se diferenciarán en el arjé, pues para cada uno será una cosa distinta.

Para Tales de Mileto, el primer filósofo (¡vaya honor!), el arjé es el agua. Para él, todas las cosas están hechas de agua, pues es el único elemento que puede estar en los tres estados (sólido, líquido y gaseoso). Todo está hecho de agua en el fondo, con diferentes densidades y durezas, pero agua. Así, en realidad, la ceniza y el papel son diferentes momentos del agua: es lo mismo pero parece diferente.

Para Anaxímenes (vaya nombrecitos que tienen los griegos) el arjé es el aire, pues es una sustancia que podemos encontrar en cualquier parte. Para él, el agua no es más que aire solidificado. Además, todos los seres vivos necesitamos aire para vivir. Por tanto, el arjé, aquello que es lo realmente real, es el aire.

Para un tipo llamado Anaximandro, el arjé era algo que no sabemos lo que es. Es decir, existe, pero no podemos saber qué es. Debía tener también ascendientes gallegos porque decidió llamar al arjé lo "indeterminado". Hay una cosa que es lo que está debajo de todo sosteniéndolo, pero no sabemos qué es. Así que supongo que será algo indeterminado. Y se quedó tan pancho.

Empédocles afirmaba que la realidad consta de cuatro elementos (tierra, agua, fuego y aire) y que las cosas son diferentes dependiendo de la combinación de elementos que tengan. Una teoría que a todos nos suena.

Anaxágoras mantenía que lo realmente real era el Nous, la inteligencia, que daba sentido a todo lo que existe. Le exiliaron de Atenas por afirmar que el Sol no era un dios sino una masa de hierro incandescente y que la Luna era un trozo de roca que reflejaba la luz del Sol. Estos filósofos están locos.

Demócrito defendió la idea, atención, de que la realidad está compuesta de unas partículas indivisibles e invisibles que se agrupan para formar cuerpos. Dependiendo del tipo y número de partículas, los cuerpos serán de una manera u otra. A estas partículas las llamó átomos. No está mal para un tipo de hace 2500 años, ¿eh?

Pero los dos grandes pesos pesados están por llegar, los dejaré para una futura entrada, pues ellos solos darán que hablar a toda la historia de la filosofía. Os dejo con un vídeo que ilustra bastante bien el problema del que hablamos:



¡Saludos filosóficos!


jueves, 13 de septiembre de 2012

¡Noticia importantísima!

¡Hola compañeros!

Hoy ha llegado una noticia de importancia mundial. Tened cuidado amigos, ¡podéis ser los siguientes!

http://www.elmundotoday.com/2012/09/detienen-a-unos-filosofos-que-planeaban-socavar-los-fundamentos-del-platonismo/

 Aquí podemos ver a Nietzsche tirando del carro de la filosofía nihilista. Una imagen perturbadora, ciertamente:




¡Saludos filosóficos!

P.D.: agradezco a Marta Arroyo que me haya hecho llegar esta noticia. ¡Vaya bombazo!

domingo, 9 de septiembre de 2012

El filósofo del mes: Sócrates y su vena gallega


 Sócrates, de verde (o marrón, soy incapaz de distinguirlo) cantando las cuarenta a sus vecinos


¡Hola compañeros!

Hoy inauguro una nueva sección en el blog que se llamará "El filósofo del mes". Cada mes iré sacando las ideas de un filósofo y explicaré un poco por encima sus intenciones y objetivos para que podamos ir entendiendo un poquito por qué decían las cosas que decían. Y todo esto a pesar de que Cicerón, malvado como era, nos recuerda que "no hay estupidez que no haya sido defendida por algún filósofo." Ayyyy ¡qué razón tenían los clásicos!

Pero no es el caso de Sócrates. Sócrates es un filósofo atípico, bajo cualquier perspectiva. No dejó nada escrito, fue condenado a muerte por sus conciudadanos, solamente conocemos los datos de su vida gracias a sus discípulos, pudo escapar de su condena pero no quiso por convicción moral... ¿Os recuerda a alguien? ¡Efectivamente! Se han hecho muchas comparaciones entre la vida de Jesucristo y la de Sócrates, y se le ha definido como un cristiano laico (por supuesto, influyó muchísimo en los primeros cristianos).

¿Qué es lo que hace a este individuo tan especial? Sócrates fue un detective infatigable de la verdad. Siempre buscó la verdad, por muy incómoda que fuera o inconveniente (lo que, en última instancia, le llevó a la muerte). Pero no creía que la verdad fuera algo que se pudiera encontrar en soledad, sin contacto humano. La verdad era el resultado de un esfuerzo que solamente se podía realizar en comunidad. Para Sócrates a través del diálogo muchas veces sale a relucir la verdad.

Pero claro, hay un requisito básico para poder encontrar la verdad: admitir que no se conoce. Si creemos que sabemos todo no nos molestaremos en aprender nada más. Así que Sócrates desarrolló un método para ayudar a la gente a descubrir que no conoce la verdad: la ironía. La ironía consiste en hacer ver a los supuestos expertos que no tienen ni idea de lo que hablan. Por medio de preguntas y más preguntas (¡otra vez las dichosas preguntas!) el experto tenía que acabar admitiendo que no sabía la respuesta a la pregunta de Sócrates.

Un ejemplo. Sócrates quería saber si se podía enseñar a alguien a ser buena persona. Para saber la respuesta acudía a un profesor. El profesor respondía arrogantemente (como siempre hacen los profesores) diciendo que por supuesto, vaya pregunta tan tonta. Sin embargo, Sócrates empezaba a hacerse el tonto y le pedía que le explicara cómo era eso posible. Poco a poco el profesor se iba liando y terminaba admitiendo (muy de mala gana, insultos incluidos) que no conocía la respuesta a esa pregunta. Ese era el momento que Sócrates buscaba, reconocer la propia ignorancia era el primer paso para adquirir la verdadera sabiduría.

De ahí viene la famosa anécdota que nos cuenta el propio Sócrates:

Un discípulo preguntó al Oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio de Grecia. La respuesta fue concluyente: Sócrates. Al enterarse de esto Sócrates quedó consternado, pues precisamente él no sabía nada y siempre andaba buscando la compañía de los supuestos expertos para que lo iluminasen. Pero de pronto se dio cuenta de que era el más sabio precisamente por eso, por ser consciente de su ignorancia.

Desde ese momento, su propósito fue hacer ver a la gente que su conocimiento era ficticio y en realidad ignoraba todo. Obviamente, una persona así no es cómoda y sus conciudadanos decidieron librarse de él acusándolo de corromper la juventud. La ley ateniense exigía que el acusador propusiese una pena y el defensor otra. El juez solamente podía elegir entre esas dos condenas. El acusador pidió la pena de muerte y Sócrates exigió ser mantenido de por vida con un banquete diario.

Según Nietzsche, Sócrates se suicidó. ¿Qué opináis vosotros?

¡Saludos filosóficos!

lunes, 3 de septiembre de 2012

III) ¿Por qué la gente rechaza la filosofía?

¡Hola compañeros!

Hoy he vuelto a trabajar... Mi humor no está demasiado brillante, digamos. Pero aun así, me debo a mi público así que aquí me tenéis un día más para intentar averiguar las causas del rechazo de la sociedad a la filosofía. Quiero dejar claro que no todo el mundo rechaza la filosofía, sino que la actitud general es de un cierto desprecio hacia esta disciplina.

Comentamos que se nos habían ocurrido tres motivos de rechazo: el primero consistía en la dificultad de los conceptos y palabras filosóficas; el segundo radica en la incapacidad (supuesta, creo haber mostrado) de la filosofía de responder adecuadamente a las preguntas que plantea. El tercer concepto es más metodológico, pero creo que muchos de vosotros estaréis de acuerdo con él o lo habréis sufrido en algún momento.

3.- "Mi profesor de filosofía me hizo odiar la asignatura"

Este es el motivo más frecuente en muchos de los haters. Parece un poco peregrino, en el sentido de que no podemos valorar la importancia de una disciplina por un profesor concreto que nos hizo odiarla. Esto es cierto, pero no es menos cierto que es responsabilidad de una ciencia el hacerse querer, el hacerse comprender de un modo ameno o entretenido y a la vez formativo. Parece increíble y muchos de vosotros no me creeréis pero es posible enseñar algo y la vez entretener. Lo juro, se puede. No siempre y en todo momento, es verdad, pero es posible. El problema de la filosofía es que resulta una asignatura tremendamente caristmática. Depende completamente de la capacidad del profesor para hacerla amable. Esto es cierto en todas las asignaturas, pero filosofía es especialmente sensible al síndrome del "buen y el mal profesor".

¿Qué es un buen profesor? En mi opinión, para empezar un buen profesor ha de escuchar casi tanto como habla. En filosofía toda opinión es válida, siempre que esté razonada. Si despreciáramos una opinión por considerarla muy extremista, muy infantil, muy trivial, etc., haríamos un flaco favor a la filosofía, que busca siempre el debate sensato y razonado. En un mundo como el que vivimos, se ha de favorecer el emitir opiniones sin prejuicios ni tabúes. El profesor actúa así de catalizador para que los alumnos vayan poco a poco refinando sus propios valores e ideales, haciéndolos más sólidos y fuertes.

Un profesor también ha de ser capaz de comunicar pasión por la asignatura. La filosofía no es solamente una ciencia, sino que constituye ante todo una forma de vida, una actitud vital ante las cosas. Si no nos lo creemos los profesores resultará imposible que un alumno se empape de ella. La filosofía es sabiduría, y pocas cosas hay tan vitales como la sabiduría. NO ES ERUDICIÓN. No me cansaré de repetir que en la filosofía son más importantes las preguntas que las respuestas. No es una cuestión de aprender un contenido y vomitarlo sobre un examen, sino que hemos de irradiar esa maravillosa sensación de inviolabilidad e invencibilidad de la que disfrutan los verdaderos sabios. Los sabios tienen respuestas para las cosas, porque las han vivido, y no porque lo han aprendido en libros de texto.

En resumidas cuentas, un verdadero profesor de filosofía ha de estar abierto siempre a la crítica y a las opiniones de todo tipo, pero ante todo debe ser filosofía, vivir como un filósofo, sentir como un filósofo, amar su asignatura.

Y a riesgo de sonar cursi concluiré que solamente si amas algo realmente, conseguirás que tu mensaje de amor sea creíble.

¡Saludos filosóficos!

martes, 28 de agosto de 2012

II) ¿Por qué la gente rechaza la filosofía?

¡Hola compañeros!

En primer lugar quiero recomendar un blog que acaba de nacer:

http://lacruzdecoronado.wordpress.com/

En él se cuentan múltiples anécdotas históricas que bien podríamos (o no) aplicar a nuestra vida diaria, narradas de un modo desenfadado y ameno. Aquellos de vosotros que sepáis qué es la cruz de coronado ya tendréis mucho ganado, los que no... bueno os invito a descubrirlo, no os arrepentiréis ;) ¡Mucha suerte en esta nueva aventura, Marcus Brody (y espero que te vaya mejor que en El Cairo)!

Bueno, pues el veranito ya va terminando, pero por lo menos vamos a tener la oportunidad de hacer nuevas entradas más a menudo. ¡No hay mal que por bien no venga! (a quién quiero engañar, es una pereza que termine, pero bueno...).
En fin, el otro día charlamos sobre el primer motivo de rechazo a la filosofía. Hace poco un seguidor de twitter (@conefedefilosof para aquellos que estéis interesados -toma publicidad gratuita-) me propuso un segundo motivo de rechazo. Curiosamente, no me lo había planteado, pero me ha parecido relevante así que lo comentaré en esta entrada.

2.- "La filosofía nunca da respuestas, solamente preguntas"

Me dijo que lo que más le mosqueaba de la filosofía es que siempre proponía preguntas pero nunca daba soluciones. Hemos hablado ya en alguna otra entrada brevemente sobre este tema (me da un poco de pereza buscar en cuál ahora, ¡lo siento! ) pero aprovecharé para extenderme porque ya un alumno en su día se quejaba de que nunca daba respuestas a los enigmas que planteaba. La filosofía es absurda, según este planteamiento, porque nunca da respuestas, solamente preguntas. ¿Qué clase de ciencia pretende ser la filosofía si nunca da respuestas? ¿Qué ciencia o conocimiento dignos de ese nombre pueden pretender ignorarlo todo, no saber nada? De hecho, da la sensación de que la filosofía se regodea precisamente en esa ignorancia, en ese desconocimiento. Parece que disfruta haciendo ver a los demás lo poco que saben. Lejos de añadir conocimiento a la cultura, se contentan con añadir dudas y suspicacias por el camino. Si me apuras un poco, podemos incluso decir que la filosofía es la anticiencia, destructora, implacable, corrosiva.

Obviamente he ido exagerando un poco. Pero es que sin posturas extremas no se pueden entender las posturas intermedias. Lo que está en juego aquí es lo que entendemos por "respuesta" y "pregunta". ¡Oh no!, estaréis pensando, ya está el filósofo de turno haciendo sutiles distinciones entre palabras. Odiadme (lo prefiero a la indiferencia), pero antes escuchadme.

Las respuestas existen porque hay preguntas. La seguridad existe porque hay dudas. Esto es obvio, pero a veces se olvida. La ciencia ha ido progresando a lo largo de la historia porque ha cambiado las preguntas que se hacía. Cuando observamos que una pregunta no tiene respuesta, normalmente estamos formulando la pregunta equivocada. Imaginemos que la ciencia intenta encontrar la respuesta a la siguiente pregunta: "¿qué día de la semana llueve más?" Así, tal y como está planteada, es muy complicado dar una respuesta satisfactoria. ¿Podemos dar un día al azar (tenemos 1 posibilidad entre 7 de acertar, not bad!)?; ¿podemos empezar a calcular desde ahora, despreciando todos los días que han pasado ya, o intentamos hacer una aproximación con los días que ya han transcurrido hasta este momento histórico?; ¿tenemos en cuenta los husos horarios, de tal modo que en una parte del planeta es martes y en el contrario ya es miércoles? Todas estas preguntas no estaban incluidas en la pregunta explícitamente, pero hay que abordarlas si se quiere dar una respuesta a la pregunta original.

Nos ha sucedido en múltiples ocasiones a lo largo del blog que intentamos plantear una pregunta y enseguida empiezan a surgir cantidad de preguntas diferentes. No son preguntas iguales a la primera, pero se encadenan inexorablemente. Si queremos responder a la primera, hemos de afrontar las siguientes. Si un filósofo se pregunta: ¿existe Dios?, ha de responder a varias preguntas: "¿hablamos de un dios o de varios?", "¿es Dios un ser personal o más bien un ser sin conciencia?", "¿es su existencia relevante para nosotros?", "¿existe en este mundo o en un mundo trascendente?", "si existe, ¿existe algo más aparte de Dios, o lo engloba todo?", "si no existe, ¿existe algo infinito, o eterno?". ¡Vaya preguntitas! ¡Como si no fuera suficientemente complicada la primera pregunta, llega la filosofía a dificultarla todavía más!

Pero preguntar no es ignorar. Preguntar no es desconocer. Al revés, solamente puede preguntar algo el que conoce algo sobre el tema. En mis clases, las preguntas más interesantes vienen de aquellos que están atentos, que saben de qué se está hablando. Solamente a través del conocimiento se pueden formular preguntas, y solamente a través de preguntas puede crecer el conocimiento. Es un círculo irrompible, que la pregunta no hace más que fortalecer.

Concluyo. La filosofía da respuestas a través de preguntas y la filosofía se sirve de las respuestas para formular nuevas preguntas. En la pregunta ya está metida dentro la solución, y si se desgrana la pregunta en muchas subpreguntas, no es por ganas de complicar el tema, sino que se busca simplificar esa pregunta, como cuando quitas las capas de una cebolla para llegar a la semilla del centro.

Así que ya sabéis, cuando alguien os haga una pregunta, fijaos muy cuidadosamente en las palabras que utiliza y en el modo de hacer la pregunta, pues la respuesta se halla en el interior ;)

El próximo día veremos la tercera y última causa de que nos rechacen.

¡Saludos filosóficos!

viernes, 17 de agosto de 2012

I) ¿Por qué la gente rechaza la filosofía?

¡Saludos compañeros!

Ya os dije que tenía una entrada calentita en el horno. Hoy, como nos indica el título, vamos a charlar sobre los motivos que hay detrás del rechazo de la gente común por la filosofía. No es ningún secreto que la gente "normal" siente un saludable rechazo por la filosofía, lo curioso es que las razones suelen ser casi siempre las mismas. La cultura actual está muy alejada de todas las formas de pensamiento que promuevan la reflexión y el desarrollo intelectual. Podemos, con toda justicia, preguntarnos cómo podemos seguir denominando "cultura" a un producto humano que promueve esta actitud.

Antes de continuar, quiero dejar claro que lejos de mi intención está el hacer de esta entrada una protesta o una queja sobre el mundo que nos rodea. Soy poco proclive a la queja y los protestones me irritan. Se gasta mucha energía en protestar que se podría invertir en solucionar los problemas, o simplemente en cambiar la actitud para amoldar nuestro ser a la realidad y no la realidad a nosotros. Muchas veces la protesta es parte del problema y no de la solución. Lo único que pretendo aquí es diagnosticar una situación y dar con un par de conceptos clave. Y, en lo posible, despejar falsos mitos.

Pasemos sin dilación a retratarnos. A base de preguntar a lo largo de mi vida a muchas personas, alumnos, padres, abuelos, amigos, enemigos, etc. he llegado a las siguientes conclusiones. Si creéis que me he dejado alguna en el tintero comentadme y seré feliz de incluirla (con el correspondiente crédito a su descubridor) en una edición posterior.

1) "La filosofía es demasiado difícil"

Es la razón más frecuente. Sin embargo, resulta curioso escuchar esto de personas que han estudiado carreras de una dificultad intrínseca mucho mayor que la de filosofía, como médicos, abogados o ingenieros. Creo que todos estamos de acuerdo en admitir que esas carreras tienen un grado de dificultad mucho mayor que la filosofía. ¿Qué resulta tan difícil de la filosofía? En mi opinión, el problema ha de ser analizado desde dos ángulos, mutuamente interrelacionados:

a) Palabras raras: la filosofía utiliza palabras raras. Eso es indudable. Solamente leyendo las entradas de abajo nos damos cuenta de que continuamente se utilizan palabras de más de tres sílabas, difíciles de memorizar e imposibles de escribir bien a la primera. ¿Por qué los filósofos se empeñan en inmolar su propia disciplina haciéndola tan inaccesible al profano, al lector no especializado? Debo confesaros que muchas veces la filosofía es también inaccesible al lector especializado, de tal manera que compartimos esta carga, hermanos. De todos modos, dejando de lado el hecho de que coincido plenamente con vosotros en que la filosofía es muchas veces deliberadamente oscura, otras veces no queda más remedio que inventarse palabras para nombrar conceptos nuevos o recién descubiertos. Esto tiene que ver con lo siguiente.

b) Conceptos demasiado abstractos: la filosofía utiliza conceptos abstractos de difícil comprensión que obligan al cerebro a funcionar a máximo rendimiento. ¿Por qué nos torturan los filósofos? Hay que tener en cuenta que la filosofía se mueve por el límite de lo pensable y lo que podemos conocer. Al habitar en ese reino tan poco estable, la filosofía está continuamente rozando lo irracional y lo absurdo. Cuando tratamos de pensar "qué es el ser" estamos llevando al lenguaje humano al límite. Al fin y al cabo, el lenguaje se hizo para la vida corriente y ordinaria, no para hablar del ser, el bien, el alma o Dios. Cuando los filósofos comienzan a levitar hacia esos cielos de la realidad el lenguaje pronto se queda corto para poder nombrar esos conceptos nuevos que se descubren. La abstracción es parte fundamental de la filosofía porque precisamente la filosofía busca penetrar el mundo de las apariencias en el que nos movemos habitualmente.


La dificultad de la filosofía estriba curiosamente en que es muy simple. "Simple" no es sinónimo de "fácil": lo simple es lo que consta de pocos elementos, lo fácil es lo que es de rápida comprensión o ejecución. La filosofía simplifica la realidad hasta sus últimos elementos. Y las cosas más simples no son siempre fáciles, de hecho, muchas veces no ofrecen solamente una solución, sino varias. Pongamos un ejemplo (que ya sabéis que me encantan): los puzles habituales, por muchas piezas que tengan y muy complicados que sean, solamente tienen una solución. Una vez hemos encontrado la solución y hemos terminado el puzle, deja de tener interés, pues ya está solucionado y terminado. No hay nada más que decir.

En filosofía el puzle es muy simple: imaginad dos piezas perfectamente cuadradas. No puede haber puzle más sencillo que ese ¿verdad? Y sin embargo, tiene múltiples soluciones: ¿cuáles son los lados que debo juntar? ¿Qué imagen quiero que quede al final? Entendemos que en un puzle así jamás se termina, sino que siempre es posible dar con una nueva interpretación y comenzar de nuevo. Lejos de aburrirnos esta tarea se vuelve interesante, pues cada vez aprendemos más del puzle y cada vez se nos ocurren maneras nuevas de combinar ambas piezas para dar resultados novedosos y creativos.

Lo que quiero decir con esto es que la filosofía es muy simple. No resulta nada complicado empezar a practicarla y, sin embargo, pronto nos vamos dando cuenta de que sus posibilidades son inagotables. Ahí estriba su dificultad, y su interés.

¡Vaya! No pensé que esta entrada diera para tanto. Me parece que tendré que dejar el resto de motivos para futuras entradas.

Os dejo por ahora.

¡Saludos filosóficos!

viernes, 10 de agosto de 2012

Y la pregunta definitiva...

¡Saludos compañeros!

Quiero en primer lugar disculparme por haber tardado tanto en volver a escribir. Estoy veraneando en un lugar idílico de cuyo no nombre no quiero acordarme y el precio de esta tranquilidad estriba en no poder disfrutar de internet. Si bien eso me gusta para muchas cosas, también me mantiene alejado de vosotros. He intentado escribir a través de la tableta, pero el teclado táctil no es la mejor de las ideas para estas parrafadas a las que os someto. Así pues, mis disculpas.

Una vez disculpado -espero- procedo a mostraros mi lado más mentiroso y falaz. Os aseguré que Kant había formulado tres preguntas fundamentales de la filosofía; sin embargo os mentí. En realidad, son cuatro. Antes de que os desesperéis y me odiéis profundamente apuntaré que no es que exista una cuarta pregunta, sino que esas tres podían condensarse en un una pregunta fundamental, la ultrapregunta, la pregunta de las preguntas (supongo que entendéis que es importante). Pues bien, esa pregunta es: ¿qué es el hombre?

Efectivamente, en el fondo las preguntas que ya hemos esbozado se pueden resumir en esta pregunta fundamental. Es la pregunta que nos hacemos todos en algún momento de nuestra vida, de nuestra existencia: ¿quién soy yo? ¿Qué pinto en este mundo? ¿Cuál es mi papel aquí? No es una pregunta planteada estrictamente en términos de especie ("¿cuál es el papel del ser humano en el universo?") sino que también puede ser comprendida de modo personal e individual ("¿qué soy?"). Dependiendo del modo de plantearnos la pregunta tenderemos hacia un tipo de filosofía u otro.

Esta pregunta es interesante, pues no siempre nos percatamos de lo especiales que somos. El hombre es el único ser racional, consciente, del universo. Es cierto, compartimos nuestro planeta con otros seres que merecen cuidado y respeto, pero el ser humano es el único de todos ellos que es capaz de observarse a sí mismo. Somos seres pensantes, es decir, seres que además de compartir muchos rasgos con los demás animales (o plantas, en el caso de algunos alumnos míos) tenemos la propiedad de pensar. Ser humano consiste en hacer uso de la razón, en todos sus campos. Si no pensamos, dejamos de comportarnos como seres humanos, nos animalizamos.

Hoy en día, somos bombardeados permanentemente por reclamos que solo buscan evitar que pensemos. La publicidad, la televisión, el entretenimiento, etc. de la vida moderna buscan que el hombre no piense. Cuando el hombre piensa, se vuelve autónomo. Cuando el hombre se vuelve autónomo, es más difícil manipularle. Es nuestro deber pensar. Precisamente porque tenemos la posibilidad de hacerlo, es nuestro deber mantener esa facultad despierta. La filosofía busca mantener nuestro intelecto afilado, siempre dispuesto a enfrentarse a nuevos desafíos. Si apuramos un poco, diríamos que no hacemos filosofía porque nos guste, sino porque es nuestro deber como seres humanos.

Los animales no se preguntan qué hacen y por qué, sino que simplemente lo hacen. Y punto. Nosotros debemos aprender a pensar por nosotros mismos para poder ser plenamente nosotros mismos. Uno de los principios humanos que más constatamos a lo largo de la historia es que si no nos molestamos en pensar, ya habrá alguien que piense por nosotros. Si no actuamos, si nos dejamos llevar, alguien se dedicará a llevarnos adonde quiera. Ser humano es una condición difícil, que hay que mantener y cuidar. Ser humano es un privilegio, pero también una responsabilidad.

¿Qué es el hombre? ¡Aaaaaah, la gran pregunta de la filosofía! Sus respuestas son múltiples y variadas, erróneas y acertadas, pero siempre interesantes. O casi siempre.

Os dejo con la reflexión del gran poeta griego Píndaro. No es un filósofo en el sentido estricto de la palabra, pero si nos paramos a pensar... ¿quién lo es? Píndaro resumió la grandeza de la especie humana en este verso magnífico:

"Llega a ser el que eres."

Buen verano y que sepáis que la próxima entrada está en el horno, así que manteneos al tanto ;)

¡Saludos filosóficos!

jueves, 26 de julio de 2012

III) Las tres grandes preguntas filósoficas: ¿Qué podemos esperar?

¡Saludos compañeros!

Hoy por fin llegamos al final de las tres preguntas kantianas sobre la función de la filosofía. Para recordar rápidamente: la primera pregunta trataba sobre la verdad y la realidad (¿qué podemos conocer?), la segunda pregunta nos interrogaba sobre la ética, la moralidad y el bien (¿cómo debemos comportarnos?). La tercera pregunta, como habéis podido leer en el título de la entrada, es todavía más críptica y misteriosa: ¿qué puedo esperar?

¿A qué se refiere nuestro amigo prusiano? ¿Qué quiere decir con eso de esperar algo? En inglés y alemán utilizan dos palabras diferentes que en español se traducen igual. Esperar (con impaciencia, en mi caso) a que tu mujer se maquille para ir a cenar se traduce con to wait o warten, pero esperar que tu mujer se dé prisa en maquillarse para no llegar tarde se traduce como to hope o hoffen. Es decir, ya sabemos que una cosa es la espera y otra muy distinta es la esperanza. En este caso Kant pregunta was darf ich hoffen? así que sospechamos que habla de esperanza.

Así pues, la pregunta que Kant hacía se puede reformular de la siguiente manera: ¿tiene sentido que tengamos esperanza? ¿Esperanza de qué? Del mayor anhelo que puede tener la humanidad: el renacimiento tras la muerte. ¿Qué nos espera tras la muerte? ¿Existe un dios que juzgue a vivos y muertos y depare destinos desiguales según nuestro comportamiento en la vida? ¿Es dios un ser personal que nos escuche y atienda, que nos ame y cuide, o es más bien un ser impersonal, puramente creador, sin ningún interés por el hombre y sus criaturas? Es más, ¿existe dios? ¿Puede demostrarse su existencia? ¿Tenemos un alma que pueda sobrevivir a la muerte? ¡Vaya preguntas! ¡Ya avisé que esta pregunta de Kant era la que más intríngulis se traía!

¿Existe dios? Al fin y al cabo, si queremos analizar nuestra posible inmortalidad tenemos que dilucidar en primer lugar si el que nos la garantiza existe. Sin embargo, no voy a responder, como siempre, con un simple sí o no. Varios argumentos se han dado de la existencia de dios a lo largo de la historia de la filosofía. Menos numerosos son los argumentos que se han dado en sentido contrario (es decir, los que demuestran que dios no existe) probablemente porque la existencia de dios no es algo evidente en un primer momento, y por eso la carga de la prueba deba recaer sobre demostrar su existencia más que su inexistencia. Todos hemos oído hablar de las famosísimas cinco vías de Tomás de Aquino (que en gran parte son un compendio de demostraciones clásicas sobre la existencia de dios). Su exposición y análisis lo dejaré para una futura entrada porque aquí nos llevaría demasiado tiempo.

Me detendré con detenimiento en la demostración por medio del argumento de san Anselmo de Canterbury. Descartes reformuló el argumento de un modo que para mí es más convincente y más claro así que utilizaré su formulación. Dice así:

"1) Imagina un ser absolutamente perfecto. Ha de ser, por tanto, un ser que contenga todas las perfecciones. Definimos perfección como algo que es mejor tener que no tener. Por ejemplo, la belleza es una perfección porque es mejor ser bello que no serlo; la justicia es una perfección por lo mismo, la sabiduría, la bondad, etc. Imaginemos, pues, un ser absolutamente perfecto que contenga todas estas perfecciones.

2) La existencia es una perfección, pues son más perfectas las cosas que son que las cosas que no son. Evidentemente es mejor un millón de euros existente que uno imaginado. 

3) Si ese ser absolutamente perfecto contiene todas las perfecciones también ha de poseer la perfección de la existencia porque si no, no sería absolutamente perfecto.

4) Por lo tanto, ese ser absolutamente perfecto existe y lo llamamos dios."

Este argumento ha levantado ríos de tinta (y sangre, en ocasiones) de un modo tal que a nosotros, seres desposeídos del siglo XXI, nos resulta difícil de creer. Ha tenido fervientes defensores y agresivos detractores. Es un argumento que tal y como está expuesto resulta intachable, pero todos sospechamos que algo hay detrás de él que huele a chamusquina. No obstante, no está refutado ni mucho menos porque tanto los defensores como los atacantes provienen de visiones metafísicas tan diferentes que es prácticamente imposible que se pongan de acuerdo. Sabed que es perfectamente posible estar de acuerdo con él, pero que entonces hay que admitir ciertos presupuestos metafísicos con los cuales quizás no comulgaríais tan a gusto. Lo mismo digo para sus detractores, sabed que si no admitís esto entonces debéis estar preparados para ciertas consecuencias metafísicas que puede que no os agraden. No es una cuestión fácil ni sencilla, ¡ni mucho  menos!

Esta entrada se está alargando (el tema da para tanto... ¡da para demasiado!) así que la terminaré con una reflexión del gran Blas Pascal. Este fue un hombre de inteligencia privilegiada: formuló leyes físicas, matemáticas, inventó la primera calculadora con 19 añitos, etc. Pues bien, Pascal sufrió una experiencia religiosa profunda que le llevó a formular su famosa apuesta metafísica con la que demuestra la necesidad de creer en Dios. Dice así:
  • Tú puedes creer en Dios; si existe irás al cielo.
  • Tú puedes creer en Dios; si no existe no ganarás nada.
  • Tú puedes no creer en Dios; si no existe tampoco ganarás nada.
  • Tú puedes no creer en Dios; si existe tú serás castigado.
Como vemos, no creer en Dios nunca redunda en beneficio y existe el 50% de posibilidades de perder. Sin embargo, los creyentes siempre juegan con ventaja pues tienen un 50% de posibilidades de ganar y nunca pueden perder (a lo sumo pueden quedarse como estaban). Concluye Pascal que la apuesta más segura y fiable es creer en Dios.

Así os dejo.

¡Saludos filosóficos!